r/HistoriasDeReddit • u/mjrossin • 13m ago
Capitanes de papel - Días de lluvia
¿Qué tendrán los días de lluvia que a los chicos les gustan tanto?
Qué pregunta pelotuda.
Cuando eras chico y se largaba a llover fuerte, el que se aburría era porque tenía algún problema. O era medio maricón o en la casa lo tenían cortito y no lo dejaban salir ni a la vereda.
Porque para un chico la lluvia nunca fue un problema.
Era un evento.
Una celebración.
Un llamado a las armas.
Todavía me acuerdo de esas siestas de verano donde empezaban a escucharse las primeras gotas sobre el techo.
Tic.
Tic.
Tic.
Y uno quedaba en estado de alerta.
Esperando.
Porque una cosa es que llueva.
Y otra muy distinta es que se largue.
Uno quería tormenta de verdad.
Truenos.
Relámpagos.
Agua cayendo de costado.
Que se inunde la calle.
Que desaparezcan los cordones.
Que los autos hagan olas.
Y ahí sí.
Ahí despertaba el indio salvaje que todos llevábamos adentro.
Empezaba la búsqueda desesperada por la casa de cualquier cosa que sirviera como tabla de surf.
Una tapa de plástico.
Un cartón.
Una madera.
Una puerta si tus viejos estaban distraídos.
Cualquier cosa servía para intentar barrenar esas olas marrones llenas de hojas, ramitas y vaya uno a saber qué más.
Porque de chicos había algo que entendíamos perfectamente:
Si el agua estaba limpia era aburrida.
Lo divertido era el agua sospechosa.
En casa teníamos otro deporte de alto rendimiento.
Las carreras de barquitos.
En la esquina de nuestra cuadra había una boca de tormenta que transformaba el cordón en una especie de río Amazonas.
Entonces cada uno preparaba su embarcación.
Bueno...
Mamá preparaba las embarcaciones porque nosotros éramos unos inútiles.
Barquitos de papel para todos.
Y ahí largábamos.
Tremendas competencias.
Los barcos esquivaban basura.
Botellas.
Ramitas.
Pedazos de bolsas.
Y nosotros corríamos por la vereda siguiendo la carrera.
El problema llegaba al final.
Porque la boca de tormenta esperaba.
Abierta.
Oscura.
Hambrienta.
La Garganta del Diablo.
Y sólo los más rápidos podían rescatar a sus marineros antes de que desaparecieran para siempre.
Generalmente no llegábamos.
Y ahí empezaba otro problema.
Porque cuando se terminaban los barcos de papel teníamos la brillante idea de reemplazarlos por lápices de colores.
Mi vieja todavía debe recordar aquellas tormentas como pérdidas irreparables para la economía familiar.
Cinco minutos de lluvia.
Media cartuchera menos.
Había algunos que se metían demasiado en el papel.
Enterraban la pierna entera en el agua podrida al grito de:
—¡No abandonaré a mis hombres!
—¡No permitiré que sus familias sufran!
—¡Volveremos todos juntos!
Después de diez años de terapia varios logramos superar aquella etapa.
Otros no.
A algunos todavía se les humedecen los ojos cuando ven una alcantarilla.
La lluvia también venía acompañada de señales.
Premoniciones.
Una especie de servicio meteorológico familiar paralelo.
A la abuela le dolía la rodilla.
Lluvia.
Al abuelo la espalda.
Tormenta.
Las hormigas caminaban raro.
Temporal.
La tortuga hacía caca.
Catástrofe.
Nunca entendí la relación entre el aparato digestivo de una tortuga y el clima.
Pero tampoco me animaba a discutirlo.
—Mañana llueve.
—¿Cómo sabés?
—La tortuga hizo caca.
—Ah.
Perfecto.
Información confirmada.
Y si todo eso fallaba siempre quedaba el viejo del barrio.
Ese que salía a mirar las nubes.
—Esta no dura.
—¿Cómo sabe?
—Mirá para el sur.
Uno miraba para el sur.
No veía absolutamente nada.
—El otro sur.
Nada.
Pero el hombre parecía leer el cielo como si fuera un manual técnico.
A veces acertaba.
A veces no.
Pero siempre hablaba con una seguridad admirable.
Y si había una autoridad superior en materia meteorológica era el famoso delfín de Mar del Plata.
No sé quién lo inventó ni bajo qué ritual satánico funcionaba, pero estaba en todas las casas.
Parecía hecho con magia negra y humedad.
Azul: buen tiempo.
Violeta: clima variable.
Rojo: se viene el apocalipsis.
Nadie sabía cómo funcionaba.
Y ahí estaba toda la familia observando un pedazo de resina china como si fuera un satélite de la NASA.
—Está violeta.
—Mmmm...
—Se viene algo.
—¿Seguro?
—Mirá el delfín.
Y listo.
Discusión terminada.
No importaba lo que dijera el Servicio Meteorológico.
No importaban las nubes.
No importaba que afuera hubiera un sol capaz de freír empanadas sobre el capot de un Renault 12.
Si el delfín se ponía rojo había que juntar la ropa.
Porque una cosa era desconfiar de un meteorólogo.
Otra muy distinta era desafiar al delfín.
Estoy convencido de que el Servicio Meteorológico no era más que una oficina llena de delfines de Mar del Plata y tortugas de distintas especies.
Un tipo entraba a la mañana con su libretita, miraba los colores, esperaba que alguna tortuga hiciera caca y recién ahí emitían el pronóstico oficial.
No por nada dicen que son de los animales más inteligentes.
Cuando finalmente la tormenta explotaba aparecía otro fenómeno fascinante.
Las ranas.
Durante once meses al año no existía una sola rana.
Ni una.
Llegaba la lluvia y parecía una de las plagas de Egipto.
Miles.
Todas gritando.
Todas desesperadas.
Un escándalo.
De chico uno pensaba que estaban contentas.
De grande entendés que era otra cosa…
Era una gigantesca orgía anfibia organizada por la naturaleza.
—¡Por la cola no!
—¡Pero si soy una rana!
—¡Igual no!
Después de la lluvia llegaba la mejor parte.
Salir.
Porque uno no podía salir durante la lluvia para no mojarse.
Pero sí podía salir después para mojarse tranquilo.
Creo.
No estoy seguro.
La lógica nunca fue importante.
La cuestión es que salíamos a recorrer el barrio.
A pisar charcos.
A sacudir ramas cargadas de agua sobre algún amigo desprevenido.
A inspeccionar zanjas.
Porque no había nada que nos gustara más que pararnos frente a una zanja llena y observarla.
—¿Cómo viene?
—Va pasando.
—Menos mal.
No solucionábamos nada.
Pero sentíamos que estábamos colaborando.
Volvíamos a casa destruidos.
Barro hasta las axilas.
Los bolsillos llenos de envoltorios de juguitos.
Y una expresión que sólo puede tener alguien que pasó dos horas haciendo absolutamente nada útil.
Entonces venía el reto.
Y la orden inevitable.
—Andá a bañarte.
La lluvia también tenía efectos secundarios.
Por ejemplo la escuela.
Si llovía fuerte muchos padres no mandaban a los chicos.
Nunca entendí por qué.
Capaz pensaban que la educación se diluía con el agua.
En mi caso iba igual porque pasaba el transporte.
Y llegabas a un aula diseñada para treinta alumnos donde había seis.
Era glorioso.
La maestra ya ni intentaba enseñar.
Tuti-fruti.
Dibujos.
Juegos.
Películas.
Aquello era más parecido a un geriatrico que a una institución educativa.
Y para cuando volvías a tu casa, ya sea en auto, transporte o colectivo, pasaba otra cosa.
Los vidrios se empañaban por completo y se transformaban en el lienzo más grande del universo.
Caritas.
Nombres.
Mensajes.
Y por supuesto...
Pitos.
De todos los tamaños y formas.
Pero esa es otra historia.
Con los años todo cambia.
Hoy vivo en un barrio de calles de tierra.
Y cada vez que llueve me encuentra haciendo exactamente lo contrario.
Mirando el pronóstico.
Revisando zanjas.
Pensando si el auto va a salir.
Calculando si se va a rebalsar algo.
La emoción fue reemplazada por infraestructura.
Sin embargo algunas cosas siguen iguales.
Por ejemplo el paraguas.
Tengo uno siempre en el baúl.
Listo para la acción.
Como el cuchillo de Rambo.
Y cuando voy a buscar a mis hijos a la escuela ocurre algo curioso.
El paraguas es para ellos.
Yo me mojo.
Ellos avanzan felices.
Protegidos.
Sin darse cuenta de que llevan una punta metálica exactamente a la altura de los ojos de cualquier peatón inocente.
Van sembrando terror por la vereda.
Completamente ajenos al peligro.
Como debe ser.
Porque así son los chicos.
Uno los mira y entiende perfectamente por qué los paraguas infantiles tienen puntas redondeadas.
También siguen existiendo los vendedores de paraguas.
Esos seres misteriosos que permanecen ocultos durante todo el año.
Nadie sabe dónde viven.
Nadie sabe a qué se dedican.
Pero caen dos gotas y aparecen.
Como cucarachas meteorológicas.
—Paraguas.
—Paraguas.
Y siempre venden el mismo.
Ese que dura tres lluvias.
Cuatro si no hay viento.
Cinco si nunca lo abrís.
Y entonces me doy cuenta de algo.
Sigo puteando cuando llueve.
Sigo hablando del clima como un jubilado.
Sigo haciendo chistes pelotudos sobre tormentas.
Pero cuando veo un charco grande todavía siento ganas de saltarlo.
Cuando escucho truenos sigo mirando por la ventana.
Y cuando llueve fuerte me acuerdo de aquellos barcos de papel.
Aunque ahora hay un problema.
Mi vieja ya no nos hace los barcos.
Y tampoco nos compra lápices para tirarlos por la alcantarilla.
Así que me estoy capacitando solo.
Porque el día que tenga nietos, o el día que mis hijos me lo permitan, voy a volver a fabricar una flota completa.
Y pienso perder marineros como en los viejos tiempos.
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