Hey Reddit. Sé que lo que hice fue una estupidez, pero estaba a tres días de que me echaran de mi apartamento y debía $4,200. Ya había vendido todo lo que tenía. Necesito contarle esto a alguien porque ya no sé si me está pasando solo a mí.
Hace dos semanas acepté un ensayo clínico de $3,000 con una empresa llamada BioSync. Ayer la empresa desapareció por completo. Y mi brazo derecho lleva diez horas emitiendo un calor que no es normal.
Dos semanas antes, el que me recibió fue un tipo joven, con una corbata que no le quedaba y una sonrisa que sí. Me habló del compuesto experimental, del seguimiento orgánico, de los dos años de cobertura médica completa. Tres mil dólares al firmar y pagos semanales en efectivo. Eso último lo dijo sin darle importancia, y yo no se la pedí.
Cuando mencioné la cláusula 14.3, bajó la voz como si la cláusula pudiera oírnos:
«Formalidad legal, todos los estudios la tienen, no tiene mayor implicación práctica».
Asentí. Me convenía asentir.
Antes de firmar, hizo una pausa rara y añadió:
«No estamos seguros. Pero siempre pasa algo».
Luego rió, corto y forzado, y pasó a explicarme lo de los pagos. En ese momento necesitaba los tres mil dólares más de lo que necesitaba entender esa frase.
La inyección fue en el antebrazo derecho. Pedí el izquierdo. El técnico dijo que el protocolo especificaba el dominante. No supe por qué importaba. Tardé semanas en entenderlo, pero para entonces el brazo ya no era del todo mío.
Me desperté a las 2 de la mañana. El colchón estaba empapado pero no tenía frío. El calor venía del brazo, localizado, concentrado exactamente donde me habían puesto la inyección. Intenté convencerme de que era una reacción tardía, que el cuerpo a veces procesa estas cosas con demora. Me convencí durante aproximadamente cuatro minutos.
Luego intenté mover los dedos de la mano derecha.
Respondieron. Pero tarde. Como si la señal tuviera que recorrer más distancia de la que debería. No era dolor. Era otra cosa.
Algo más parecido a no saber si el movimiento iba a ocurrir o no.
Entonces sentí lo otro.
Algo se deslizaba bajo la piel del antebrazo. No es una forma de hablar. Es la descripción más precisa que tengo: una ondulación lenta, errática, que no correspondía a ningún músculo ni a ningún tendón que yo reconociera. Como si algo explorara el espacio entre tejidos, reconociendo su propio territorio.
Me quedé quieto. El movimiento se repitió. Más lento. Más deliberado.
Los espasmos no tienen intención.
Vibró el teléfono.
Correo de BioSync, remitente automático: operaciones cesadas, cobertura médica cancelada conforme a cláusula 14.3, el buzón no estaba siendo monitoreado. Me pedían disculpas por los inconvenientes.
El brazo seguía moviéndose.
Para entonces el calor latía. Tenía su propio pulso, independiente del mío, y lo que más me inquietaba no era el dolor —no había dolor— sino exactamente eso: que no hubiera dolor. Una lesión duele. Un proceso no necesita doler.
Tres días después del correo encontré el primer sobre deslizado bajo la puerta. Mismo día que la semana anterior, misma hora aproximada, ningún remitente. Adentro había efectivo. El monto exacto que estipulaba el contrato para el pago semanal. Billetes usados, no consecutivos.
Necesitaba el dinero. Lo tomé.
Esa noche el movimiento en el brazo fue más intenso. Y por primera vez noté una estructura: una pausa, tres ondulaciones, otra pausa. Repetido. Como si algo ensayara una secuencia. Como si algo practicara un código.
Al lavarme las manos al día siguiente miré el antebrazo en el espejo del baño y noté algo que no sabía cómo nombrar: la piel sobre el lugar de la inyección se veía más tersa. Visiblemente más joven que el resto del brazo. El contraste era suficientemente claro para que no pudiera atribuirlo a la luz.
El compuesto no solo se movía. Modificaba el tejido desde adentro.
Busqué información de BioSync esa tarde. Nombre de la empresa, número de registro, cualquier cosa. Mientras cargaba los resultados, la luz verde de la webcam de la laptop parpadeó. Tres segundos. Cuatro. Se apagó.
Fallo técnico. Eso me dije.
Intenté encontrar otros voluntarios del ensayo. Publiqué en Reddit, en foros de salud, en grupos donde se discuten estudios clínicos. Nadie respondió. No hubo un solo hilo, un solo perfil, un solo dato que confirmara que alguien más había pasado por BioSync.
Volví al contrato.
La cláusula 14.3 ocupaba casi una página. Lenguaje técnico apilado sobre lenguaje técnico. Lo leí tres veces. Al final del tercer párrafo, en un tamaño de fuente notoriamente menor que el resto, encontré la línea:
El participante acepta que el compuesto puede continuar su ciclo más allá de la vigencia del estudio.
El contrato no terminaba con la empresa. El compuesto tenía su propio ciclo.
La empresa era solo el mecanismo de administración inicial.
Seguí leyendo. Había una línea sobre «dispositivos personales vinculados al estudio». No le había dado importancia al firmar. Ahora sí.
La webcam no había sido un fallo técnico.
Más adelante, una tabla. Nombre, edad, peso, altura, tipo de sangre. Todo medible, medido. Y al final, en una columna que no tenía encabezado visible:
Perfil psicológico: distimia activa (DSM-5 300.4). Candidato óptimo.
Tardé un momento en buscar qué era distimia. Trastorno depresivo persistente. Patrón crónico de estado de ánimo bajo, dificultad para buscar ayuda, tendencia a internalizar síntomas como pensamientos propios en lugar de señales externas.
BioSync lo sabía antes que yo.
No me eligieron por la deuda. La deuda era la palanca, no el criterio. Me eligieron porque alguien que duda de su propia mente no busca ayuda rápido. Porque alguien acostumbrado a la voz interna que le dice que algo está mal va a asumir que los síntomas son suyos. Porque el mejor sujeto es alguien que aprendió a no confiar en lo que siente.
La paranoia que vino después no era irracional. Era la respuesta correcta a la información correcta, tarde.
Ya escribí la primera parte de esto. Sé que lo que viene es peor, que es por eso que estoy publicando.
Los sobres van a seguir llegando. El brazo no ha dejado de moverse.
En los días siguientes entendí que lo del brazo no era un efecto secundario. Era otra cosa.
Llamé a Alex. No sé bien qué esperaba —que viniera, que viera algo, que el brazo hiciera lo que hacía cada noche en cuanto me quedaba quieto. Quedamos en su barrio un martes por la tarde. Le mostré el antebrazo bajo la luz del café.
Nada. Piel normal. Temperatura normal. Sin movimiento.
Me miró de la forma en que mira la gente cuando está calculando qué decir. «Se ve bien», dijo. «¿Estás durmiendo?»
No le respondí con la verdad. Dije que más o menos, que había tenido una semana rara. Pagué el café y me fui antes de que pudiera preguntarme algo más.
Días después me escribió para saber cómo estaba. Un mensaje corto, con esa falta de ortografía que siempre le decía que corrigiera. No le respondí. No sabía qué decirle que no sonara como lo que habría sonado en el café: un hombre que cree que algo se mueve bajo su piel y que no puede probarlo.
Y además —esto es más difícil de explicar— no quería arrastrarlo. Si había algo en el brazo que monitoreaba, que enviaba, que usaba mis dispositivos mientras dormía, no quería que Alex apareciera en ningún registro.
Así que no respondí. Y el silencio se instaló.
El cambio en los pensamientos fue gradual. Tan gradual que al principio no lo distinguí de lo mío.
Llevo años con la voz interna que viene con la distimia. Sé cómo suena. Sé su ritmo, su lógica, el camino que toma desde una preocupación pequeña hasta la conclusión de que todo es inútil. La conozco desde los diecinueve años.
Lo nuevo era diferente. Llegaba al final de una cadena de pensamiento, como una frase añadida después de que la idea hubiera terminado. Siempre formulada de maneras distintas, pero siempre la misma instrucción: deberías dejar que se complete. No luches. Es más fácil si cedes el control.
La primera vez que apareció con nitidez, tembló todo el cuerpo. No fue un escalofrío. Fue una respuesta física involuntaria, algo que ocurrió antes de que pudiera pensar en responder, como si el cuerpo reconociera algo que la mente todavía no había clasificado.
No me perturbaba el contenido. Me perturbaba la voz.
Era mi voz.
El mismo tono, la misma cadencia, la misma mezcla de apatía y familiaridad que reconozco como mía. No había nada externo en ella. No había acento extraño ni interferencia. Si alguien me hubiera grabado en ese momento y me hubiera preguntado después, habría dicho que esos pensamientos eran míos.
Esa fracción de segundo en que estaba de acuerdo con ellos era lo que no podía quitarme de encima.
La mano derecha empezó a moverse sola.
Pequeñas cosas primero. Dejé una taza de café en la mesa de la cocina y cuando volví mi mano ya la sostenía. No recordaba haberla tomado. Asumí que lo había hecho sin prestar atención, que la mente puede ejecutar acciones mientras está en otro lugar.
Luego estaba escribiendo un mensaje en el teléfono con la mano izquierda y noté que la derecha deslizaba la pantalla hacia arriba. Lentamente. Leyendo lo que la otra mano escribía.
No le había dado instrucciones.
Esa tarde, revisando el teléfono, encontré un hilo de mensajes abierto con un número que no reconocí. El último mensaje, enviado desde mi número, decía:
aún no está listo.
No recordaba haberlo escrito. Eran las 3:41 de la madrugada.
Llamé al número de inmediato. Señal de desconectado. Fui al registro de llamadas: el número ya no aparecía. Estaba en la pantalla de mensajes, en el hilo, y en ningún otro lugar del teléfono.
Esa noche no dormí. Me quedé mirando el techo pensando en la diferencia entre hacer algo dormido y no haberlo hecho yo.
Dos noches después, el teléfono emitió un tono que no era ninguna notificación que reconociera. Un pitido sostenido, plano, como señal de prueba. La pantalla mostró un ecualizador que se movía solo. No sé qué medía. Lo que sí sé es que cuando terminó, la laptop se encendió.
En la pantalla apareció una fotografía. Era yo durmiendo, tomada desde el ángulo de la cámara integrada, esa misma noche. Sin mensaje. Sin remitente. Solo la imagen.
Me senté en el suelo de la cocina, de espaldas a la nevera. No sé cuánto tiempo estuve así.
Los pensamientos intrusivos escalaron.
Ya no pedían sumisión en términos vagos. Ahora describían: el calor es necesario. La transmisión será pronto. Estás siendo mejorado.
Seguían usando mi voz. Seguían sonando razonables en el instante antes de que los reconociera. Esa fracción de segundo se estaba volviendo más larga.
Decidí dejar el teléfono en la cocina antes de dormir. Una distancia mínima, algo físico entre el cuarto y el dispositivo.
Desperté a las 3:12 de la mañana. El teléfono estaba en mi mano derecha. La app de mensajes estaba abierta. Había un mensaje nuevo, enviado desde mi número a un número que no reconocí:
el huésped intentó bloquear el acceso.
Mi cuerpo se había levantado, caminado hasta la cocina, tomado el teléfono, vuelto a la cama. Todo sin dejar ningún registro en mí.
Días después llegó un mensaje de audio. Remitente: mi propio número.
Lo reproduje.
Era mi voz. No una grabación de algo que hubiera dicho —no existe ningún audio mío que suene así. Era mi voz construida, ensamblada, devuelta. Decía: fase dos programada. Entonación plana.
Los mensajes de texto continuaron durante los días siguientes:
el huésped coopera. Confirmar ventana de transmisión.
Tardé un momento en procesar la palabra huésped. Era yo. No un participante. No un sujeto de estudio. Un huésped. Algo que aloja a otra cosa mientras esa cosa resuelve lo que necesita resolver.
No sé qué es la ventana de transmisión. Pero por cómo se coordinan los mensajes —el teléfono enviando, la laptop observando, el brazo ejecutando— imagino un traspaso. Algo que sale del compuesto y va a otra parte. O algo que entra. No sé cuál de las dos posibilidades me aterra más.
Y si ya están confirmándola, el plazo corre.
Para los que van a preguntar por qué no dejé de tomar el dinero: debía $4,200. La renta no se paga con orgullo. Pero ya no era solo el dinero. Era el miedo a lo que pasaría si dejaba de recibirlo.
Cada semana llegaba el sobre. Mismo monto. Misma hora. Misma ausencia de remitente. Y cada vez que lo tomaba, esa noche el movimiento en el brazo era más intenso y la webcam permanecía encendida más tiempo.
Lo sabía. Lo seguía tomando.
Y entonces decidí buscar ayuda. Fue cuando descubrí que ya no existía para ningún sistema.
Lo peor no fue descubrir que la empresa desapareció. Lo peor fue descubrir que yo también.
Fui al hospital.
En la pantalla de recepción apareció un aviso antes de que terminara de explicar por qué estaba ahí:
Participante inactivo. No admisión. Derivar a patrocinador.
La administrativa lo leyó en silencio, luego me miró de la manera en que mira la gente cuando está a punto de decirme algo que no es su culpa.
Bajó la voz:
«Cuando un ensayo se cancela, el sistema CTMS marca a todos los participantes como inactivos. Automáticamente. Yo no puedo saltarme eso. Nadie en este hospital puede.»
Le pregunté qué era CTMS.
«El sistema de gestión de ensayos clínicos. Si su patrocinador cerró, usted ya no existe para el sistema.»
Sin seguro no había tratamiento. Sin pago por adelantado tampoco. No tenía ni lo uno ni lo otro. Salí con las manos vacías y el pecho hundido, que no es lo mismo que rabia. La rabia necesita un sujeto. Aquí no había sujeto. Solo sistema.
Fui a la policía. No esperaba algo distinto, pero tenía que intentarlo.
Me tomaron los datos. Me preguntaron si había consumido algo. Dije que no. Vi en sus caras que ya habían decidido no creerme antes de que terminara la frase. Me dijeron que sin evidencia de amenaza directa no podían hacer nada.
Ahí sí sentí rabia. Porque la inacción no fue una decisión.
Fue un procedimiento.
Fui a la dirección de las oficinas de BioSync.
En la puerta había un aviso de desalojo por impago y una notificación de disolución corporativa. El edificio estaba vacío. Sin cajas, sin carpetas, sin nada que indicara que alguien había trabajado ahí. Una oficina fantasma que había dejado de serlo antes de que yo pudiera llegar.
No había rastro. No había archivo. No había historia que recuperar.
Dentro del sobre de esa semana encontré algo nuevo junto a los billetes: una hoja doblada, impresa en papel térmico barato. La desplegué sobre la mesa.
Era una lista de nombres escaneada. Todos tachados con corrector negro. Línea gruesa, definitiva, sobre cada uno. Excepto el último.
Daniel Rojas.
No supe qué sentí primero: alivio de no ser el único o terror de ser el siguiente. Los dos llegaron al mismo tiempo y ninguno ganó.
Pensé en lo que había dicho el reclutador antes de que firmara. Siempre pasa algo. Lo había dicho con esa pausa corta, ese remate forzado, ese cambio inmediato de tema. Todos esos nombres tachados eran el algo.
Conté los nombres. Catorce tachados. Catorce personas que habían firmado, que habían recibido la inyección, que habían cobrado los sobres. Daniel Rojas y yo éramos los únicos que quedaban. O los únicos que quedábamos en pie. No sabía cómo interpretarlo.
Para entonces la renta atrasada estaba pagada. Las tarjetas también. Los $4,200 ya no existían. Pero los sobres seguían llegando y yo seguía tomándolos. Ya no por necesidad. Por algo más difícil de nombrar: dejar de recibirlos habría sido aceptar que el proceso se detenía. O que terminaba. Y no sabía cuál de las dos opciones me daba más miedo.
Una noche até ambas muñecas a lados opuestos del marco de la cama. Dos cinturones, un nudo en cada extremo. El razonamiento era simple: incluso si el brazo derecho se liberaba solo, necesitaría coordinación de ambas manos para desatar el izquierdo. Era un sistema que requería cooperación. Eso lo hacía más difícil de eludir.
Me desperté con un crujido.
No era el cinturón tensándose. Era la madera del cabecero astillándose.
El brazo derecho había tirado con fuerza suficiente para romper el marco. El cinturón seguía abrochado a la muñeca. El cabecero no. La mano derecha estaba libre y el teléfono ya estaba en ella.
En la pantalla:
no interferir.
No había límite de dolor. No había mecanismo de autoconservación que lo detuviera. Podía usar mi cuerpo sin las restricciones que mi cerebro le impondría. Lo hacía con la misma precisión de siempre: sin urgencia, sin error, sin margen para la negociación.
Estaba negociando con algo. Yo era la mercancía.
La noche siguiente, el brazo me devolvió el control completo durante una hora. Todo funcionó como debería: los dedos respondieron, el calor cedió, el brazo estuvo quieto. Una hora exacta, y después volvió a lo de siempre.
No fue una concesión. Fue una demostración. El mensaje era que podía quitármelo cuando quisiera.
Borré el número de Alex del teléfono. No porque no confíe en él. Sino porque no sé si el brazo también le enviaría algo. No puedo arriesgarme a que aparezca en algún registro que no controlo.
Esa noche volví a la lista. No sabía por qué. Quizás para confirmar que los nombres seguían ahí, que no me lo había imaginado. La desplegué sobre la mesa, conté otra vez las tachaduras. Catorce. El nombre de Daniel Rojas seguía al final, intacto.
Me quedé mirándolo un rato. El único nombre que no estaba tachado además del mío. Pensé en buscarlo, en escribirle, en decirle que no estaba solo en esto. Luego pensé en Alex, en cómo había borrado su número para protegerlo. Si Rojas seguía vivo, no iba a ser yo quien lo arrastrara.
Algo me hizo mirar más abajo.
Mi nombre también estaba tachado.
No recuerdo haberlo hecho. No sé cuándo ocurrió. La línea es del mismo corrector, el mismo grosor, la misma presión que las demás. No hay manera de distinguirla.
No sé si significa que el proceso ya terminó. Que ya no hay vuelta atrás. O que algo me dio por perdido antes de que yo lo supiera.
No sé si eso es lo mejor o lo peor que he visto en estas semanas.
Anoche escribí esto.
Sé lo que van a decir: que es un episodio psicótico, que por qué no dejé de tomar el dinero, que por qué no fui a la policía. Ya fui. Ya lo pensé. Los mensajes están en el teléfono. El sobre está sobre la mesa. El cabecero está roto.
Esta mañana, al despertar, había un mensaje nuevo:
ventana de transmisión confirmada.
Quedan siete días. No sé qué ocurre cuando se acaben.
Decidí que no iba a pasarlos esperando.
Tomé el teléfono. No lo apagué —no quería darle tiempo a reaccionar. Lo metí en el microondas. Apagado. Leí en algún foro que el microondas apagado bloquea señales. No sé si es cierto, pero es lo único que tengo.
No vibró en toda la noche. No sé si significa algo. Pero dormí por primera vez en semanas sin que el brazo me despertara.
Fui a la mesa donde estaba el sobre con el dinero de esta semana. Lo metí en el cajón sin contarlo. No voy a tocarlo más.
Sé que probablemente no sirva de nada. Sé que el brazo puede moverse solo, que el cuerpo no me pertenece del todo, que el dinero va a seguir apareciendo. Pero necesito hacer algo que sea mío. Aunque sea inútil.
O eso quiero creer. Aunque ya no sé con certeza de dónde vienen estas ganas de resistir. Si son mías. O de lo que BioSync puso adentro. Llevo semanas sin poder trazar esa línea.
Publico igual. Si esto lo lee alguien, que sepa lo que hicieron. Y si lo lee BioSync, que sepan que no voy a callarme.
Aunque la voz que lo dice ya no sea del todo mía.
Si alguien más recibió un sobre sin remitente, si alguien más tiene un nombre en una lista que no pidió estar, si alguien más escuchó su propia voz diciendo algo que no era suyo —por favor, que me escriba.
Quedan siete días. No sé qué pasa cuando se acaben. Pero no quiero averiguarlo solo.